viernes, 9 de enero de 2009

Las palomas urbanas no sólo sufren las enfermedades que contraen en los lugares dónde se alimentan (basuras, excrementos caninos, etc.) sino que pueden transmitirlas al hombre, por lo que, a efectos sanitarios, se las considera como ratas.

Se han catalogado hasta 40 enfermedades transmisibles por las aves al ser humano y son portadoras de hasta 60 ectoparásitos externos (piojos, garrapatas, etc). Destacan la salmonelosis, las colibacilosis y la histoplasmosis. El contacto directo con sus excrementos y la inhalación de los mismos en forma de polvo microscópico son suficientes para ocasionar graves trastornos.

La acción química de los excrementos (gran contenido en ácido úrico y ácido fosfórico) desintegra cementos, hormigón, piedra caliza y deteriora gravemente el resto de materiales. En naves y almacenes, la sola presencia de aves en su interior provoca pérdidas económicas directas a través del excremento sobre productos y materiales.

Además, las palomas picotean materiales deleznables (revocos de fachadas, cementos de tejados, etc) para cubrir los aportes de minerales de los que son deficitarios en su dieta alimentaria y que, a su vez, sirven para moler los alimentos en su molleja.

Una de las peores consecuencias de la actividad de las aves sobre los edificios deriva del progresivo cúmulo de excrementos en canalones y desagües que termina por provocar su taponamiento con la consiguiente aparición de humedades y goteras. Las estructuras de madera también pueden verse afectadas debido al desarrollo de flora fúngica y plagas entomológicas (xilófagos) que tienen su origen en sus nidos y excrementos.

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